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   ¿Cabe una opinión más acerca de los avatares del radicalismo en esta nueva etapa de la política argentina? Esperemos que sí, de todos modos será breve así que no les quitaremos demasiado tiempo. Según la posición con respecto al frente Cambiemos, se pretende construir un criterio de demarcación entre radicales a la izquierda y a la derecha. Estas acusaciones ideológicas provienen mayoritariamente de sectores vinculados al peronismo, cuestión lamentable si recordamos cuánta sangre radical hay en el peronismo. No sólo desde el momento de su creación en 1945 con la afluencia del sector de la Unión Cívica Radical Renovadora; también en otros momentos históricos, como el pacto con Balbín en 1972 y el paso al costado de Alfonsín en 1994, fueron esfuerzos por preservar la estabilidad democrática. Pero dejemos esas cuestiones aparte, vamos al tema de la disputa en Santa Fe entre los sectores UCR-Pro y UCR-PS. Se comprende que los radicales en el Frente Progresista, Cívico y Social busquen fortalecer posiciones en los departamentos de la provincia, donde han crecido mucho y desde donde seguramente pueden seguir construyendo poder. Pero también se comprende a los radicales de la ciudad capital. Los santafesinos saben que fue arrebatada la centralidad política que por historia y según mapa político le corresponde ser a Santa Fe ciudad. La preocupación del socialismo rosarino bien puede corresponder a una posibilidad de que ese foco geopolítico pueda ser removido. El gobierno nacional ha comprometido la construcción de un aeropuerto intermedio entre Santa Fe y Paraná, como así también está presente la ciudad en el proyecto de fortalecimiento de puertos que impulsa la presidencia argentina. Lo anunció Macri en el acto político en Club Unión hace poco más de una semana, hay muchas fichas puestas en el Belgrano Cargas para recuperar la exportación de productos agropecuarios al mundo. A los radicales santafesinos les resta medir si es más conveniente seguir mirando a Rosario, o intentar posicionar a Santa Fe en el mapa nacional y pensar en llevar, por qué no, a un propio del partido al frente de la provincia.

   La división ha sido de manera característica el gran enemigo interno del radicalismo. La campaña electoral en desarrollo registra momentos que oscilan entre la tragedia y el ridículo. El aspecto trágico es espectáculo para los ciudadanos, testigos de un inusitado número de “ofertas” electorales que tiene su base en un mapa partidario, cuando menos, caótico. El sistema de alianzas que en la nación se juega entre Cambiemos, el Frente Renovador y Unidad Ciudadana genera superposiciones ideológicas en las provincias, de las cuales Santa Fe es un caso emblemático. De 24 provincias (24 “cardos” como tiene cincelados el famoso bastón de mando presidencial, que CFK cedió en una ceremonia de asunción a la que no asistió); doce están gobernadas por el FPV en las regiones sur y noroeste. Los gobernadores de Jujuy, Corrientes y Mendoza pertenecen a alianzas que nuclean a Cambiemos y al Frente Renovador acompañado por los Progresistas de Stolbizer. Los tres gobernadores de estas provincias son radicales. El frente Cambiemos propiamente dicho gobierna sólo una provincia, Buenos Aires con Vidal; pero tiene sus fichas en San Luis, integrando la coalición Compromiso Federal junto con el pejotismo de Rodríguez Saá. Contamos cinco provincias cuyos líderes han llegado a la gobernación a través de alianzas provinciales sin alianza nacional. El panorama de estas cinco provincias se divide entre el peronismo de procedencia menemista que expresa Carlos Verna en La Pampa; el kirchnerismo camuflado de Mario Das Neves en Chubut; el massismo con Schiaretti en Córdoba. Caso aparte el “peronismo sin Perón” que encarna Omar Gutiérrez en Neuquén. Antiperonista e hijo político de Elías Sapag, para quien ejerció como Ministro de Economía y Obras Públicas de 2011 a 2015. Curiosamente, el partido a través del cual llegó a la gobernación se denomina “Movimiento Popular Neuquino”. La necesidad de pregonar el ser popular de esa manera levanta serias sospechas. En Río Negro, Alberto Weretilnek gobierna con “Juntos Somos Río Negro”, con una historia de conflictos con el kirchnerismo que ha motivado alianzas con la UCR y movimientos de apoyo al massismo.

   Para analizar los distintos recorridos que conducen a la fotografía actual de nuestro sistema de partidos, hay que hacer mucha historia que contrarreste los efectos de la polarización operada en el último siglo; pero mucho más durante la última década. Es un trabajo que no podemos hacer en este momento. Para cerrar este muy esquemático panorama de la escena nacional: en nuestra cartografía electoral, el Frente Progresista Cívico y Social que gobierna en Santa Fe con Miguel Lisfchitz representa una única joya de centroizquierda que, al decir de muchos agoreros, está destinada a desaparecer. Eso está por verse. Entre las fundamentaciones éticas y las decisiones estratégicas está la mediación de la construcción de la voluntad política, que es el proceso en el que los grupos identifican sus intereses y definen a su juicio el mejor procedimiento a seguir para concretarlos. Si quisiéramos proyectar la metáfora belicista sobre las carreras electorales que hoy cierran en el país su primera etapa con las PASO, tendríamos que pedir -junto con el gran maestro Sun Tzu- la prohibición de los oráculos y juegos de adivinación, que no hacen más que sembrar la confusión entre los soldados. En este punto, creo que de lo que se trata para un político es de analizar y pensar estratégicamente, velando por el interés de quienes demandan su acceso a un puesto de decisión y el cumplimiento de sus responsabilidades. A nadie corresponde arrogarse el derecho de negar representación política a ningún sector de la sociedad civil. Es lo que nos queda por exigir, a pesar de las injusticias de todo sistema representativo.

  Caso extraño: las encuestas, grandes protagonistas de elecciones anteriores, hoy han perdido la centralidad que tenían. La influencia de actualidad pasa por una mercadotecnia de campaña en lo que hace al espectáculo; lo que no sería nada si no estuviéramos obligados a ver y sentir en el cuerpo de los trabajadores y activistas -y la conciencia de los televidentes y consumidores de noticias en distintos soportes- los movimientos de acción y reacción que genera el juego político. Un juego perverso, digitado a través de las negociaciones entre dirigentes sindicales y líderes políticos inescrupulosos por igual, que en nada cejan al mandar al frente a familias enteras en acciones que sabemos que por la relación de fuerzas no conducirán al éxito para los principales interesados en recuperar o conservar sus fuentes de trabajo y supervivencia. Esto tampoco habla de buenos generales en batalla. La ciudadanía, que no está llamada por obligación ni por necesidad a integrar las huestes detrás de los personajes de la política, no necesita este cine de terror.

   Hablaba al principio a una campaña electoral plagada de situaciones trágicas y también ridículas. Se cae en el ridículo cuando el “chicaneo” partidario es llevado a los principales órganos legislativos del país y a los tribunales electorales. Más allá de los acuerdos y sumas en propaganda mediática que ya estamos acostumbrados a ver gastar y que conducen cada vez más a la degradación del discurso que fluye a través de los grandes medios. Si un humilde consejo aceptaran los candidatos políticos; no hay mejor carta de presentación que el trabajo, que es bueno y es mucho, y que no todos tienen hoy día para mostrar. Lo que la ciudadanía reclama, al fin y al cabo, es la concreción de intereses comunes. Para saber distinguirlos no hay mejor guía que la nómina de los derechos humanos: educación, trabajo, salud, condiciones dignas de vida, derechos ambientales, igualdad de reconocimiento ante la institución. Desde hace mucho tiempo el rumbo de nuestro país se define según las luchas intestinas de un solo partido. Las últimas elecciones presidenciales, con todo y segundas vueltas, han demostrado que hay una buena parte de la ciudadanía que desea cambiar esa situación. El desarrollo en la etapa actual exige las características de la sostenibilidad y garantías a la nueva generación de derechos. El triunfo, o mejor dicho la supervivencia, los merecen quienes mejor sepan adaptarse esas condiciones de nuevo cuño.